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El hacha desciende sobre nana Alia con una vacilación que lo paraliza: el fantasma de Raskolnikov, de Dostoievski, de su novela. Pero no hay diván donde desvanecerse tras el crimen, sino las calles devastadas de Kabul, donde misiles…
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El hacha desciende sobre nana Alia con una vacilación que lo paraliza: el fantasma de Raskolnikov, de Dostoievski, de su novela. Pero no hay diván donde desvanecerse tras el crimen, sino las calles devastadas de Kabul, donde misiles explotan mientras Rasul, el asesino moderno, deambula entre mujeres veladas y mendigos, preguntándose si ha cometido un crimen real o simplemente se identificó demasiado bien con un personaje de ficción.
En Kabul, donde casas de tierra se apilan como en un vientre a punto de explotar, Rasul comete lo que cree será un asesinato calculado: robar a una anciana usurera. La novela de Dostoievski ronda su mente mientras levanta el hacha, pero la teoría criminal que Raskolnikov planificó no resiste la realidad afgana. El pánico lo paraliza, su mano tiembla, el hacha cae sin control. Lo que debería ser perfecto se convierte en un acto torpe e incompleto.
Desde el inicio, la obra dialoga con la tradición literaria: Rasul no es Raskolnikov, aunque comparta su nombre cifrado. Mientras Raskolnikov meditaba sobre culpa en San Petersburgo, Rasul es arrastrado por la violencia colectiva de Kabul. Misiles llueven, explosiones destruyen gasolineras, cadáveres quemados perfuman el aire. En esta guerra permanente, el crimen individual se vuelve banal, casi imperceptible.
La persecución de quien roba el botín que Rasul no logró arrebatar introduce la ironía: entre docenas de mujeres con burka azul, todas idénticas, la culpable desaparece. El dinero y las joyas se pierden irreversiblemente, burlándose de la teoría que justificaba la violencia. Rasul queda sin nada: sin dinero, sin joyas, sin certeza moral, solo con un billete de cincuenta afganis que le ofrece un desconocido por lástima.
La obra es un palimpsesto donde Dostoievski y Kabul se superponen. La pregunta no es si Rasul puede vivir con la culpa, sino si puede vivir sabiendo que el asesinato fue en vano, eclipsado por explosiones más espectaculares. La literatura que lo inspiró y el contexto histórico lo atrapan en un destino que no es trágico ni heroico, sino patético. En una ciudad donde tanques explotan y civiles mueren en masa, ¿tiene sentido la agonía psicológica de un asesino fracasado?