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El comandante Maxime Revel regresa a la plaza Félix-Faure diez años después. Su reaparición coincide con el descubrimiento del cuerpo del legendario cantante de rock Eddy Stark, asesinado en su domicilio de Méry.
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El comandante Maxime Revel regresa a la plaza Félix-Faure diez años después. Su reaparición coincide con el descubrimiento del cuerpo del legendario cantante de rock Eddy Stark, asesinado en su domicilio de Méry. Entre los ecos de un caso sin resolver y la investigación de un crimen que parece simple pero oculta complejidades, Revel deberá confrontar sus propios demonios, su salud deteriorada y la distancia que lo separa de su hija, mientras busca desentrañar la verdad en una trama donde culpa y tiempo se entrelazan.
El comandante Maxime Revel es un hombre consumido. Enfermo, adicto al tabaco desde hace años, distanciado de su única hija Léa —una adolescente de diecisiete años que carga con traumas que la mantienen a la deriva—, Revel ha renunciado casi a encontrar algún sentido en su propia vida. Cuando siente el familiar estremecimiento que lo recorre la columna vertebral ante una pista, ese instinto cazador que lo ha definido como policía, es lo único que parece capaz de recordarle que aún existe.
Los cambios sutiles en la plaza Félix-Faure lo alertan. Postigos repintados de verde, la apertura de un nuevo café llamado Les Furieux en lugar del antiguo La Fanfare, decoraciones navideñas que despiertan recuerdos que preferiría mantener dormidos. Es el mismo lugar donde, diez años atrás, investigó dos asesinatos que nunca llegó a resolver completamente. Los fantasmas de ese caso sin cerrar lo persiguen, al menos en los rincones donde su conciencia aún tiene voz.
La convocatoria de la Dirección Regional de la Policía Judicial es urgente. El legendario cantante de rock Eddy Stark ha sido encontrado muerto en su domicilio de Méry. La escena es perturbadora: un hombre joven, desnudo, cubierto de hematomas, con marcas de estrangulación en el cuello. La medicina forense sugiere que todo apunta a una banal historia de pasión desenfrenada, quizá un crimen pasional entre amantes.
Pero Revel ha aprendido que las apariencias son engañosas. Su equipo se moviliza: Sonia Breton, teniente jovencita; Renaud Lazare y Abdel Mimouni, capitanes con sus propias heridas personales. Cuando interrogan al jardinero que descubrió el cuerpo —un muchacho guapo con manos demasiado limpias, joyas caras, un pendiente de oro— las mentiras fluyen con facilidad. Ha entrado a la casa sin llaves, a petición de Stark. Hay algo oscuro entre ellos que el joven se niega a revelar.
Revel desconfía de lo evidente. Ha visto demasiados errores cometidos por pereza investigativa. En una trama donde cada pista es también un reflejo de sus propias fracturas, donde investigar un homicidio lo obliga a confrontar lo que ha dejado sin resolver en su propia vida, Revel descubre que la justicia no siempre tiene respuestas claras, y que la verdad, a veces, duele más que la mentira.