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Varsovia, 13 de agosto de 1944. Una explosión devasta la esquina de Kiliński y Podwale. Basia, dieciocho años, cae desmayada entre los escombros. Décadas después, su descendiente regresa a la ciudad para reconstruir la memoria del…
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Varsovia, 13 de agosto de 1944. Una explosión devasta la esquina de Kiliński y Podwale. Basia, dieciocho años, cae desmayada entre los escombros. Décadas después, su descendiente regresa a la ciudad para reconstruir la memoria del Levantamiento de Varsovia, la rebelión más sangrienta contra el nazismo, conectando el heroísmo clandestino de los ancestros con el presente de una capital reconstruida.
Domingo 13 de agosto de 1944, esquina de Kiliński y Podwale. La Ciudad Vieja de Varsovia hierve de júbilo: los insurgentes del Armia Krajowa han capturado un tanque alemán en la Plaza del Castillo Real y lo pasean como trofeo de guerra por las calles. Entre la multitud se encuentra Basia Wajszczuk, dieciocho años, sus trenzas castañas recogidas, envuelta en la euforia colectiva de quienes creían que la victoria era posible. En un instante, la explosión lo anula todo. El destello enceguecedor, el estruendo sordo, el desvanecimiento en la oscuridad. Cuando Basia recobra la conciencia, yace casi desnuda en mitad de la calle, la garganta quemada, cubierta de sangre y hollín. A su alrededor, lo que fue multitud se ha transformado en espectáculo de horror: vísceras y sangre caen del cielo, cuerpos fragmentados, boinas de scouts intactas sobre montañas de escombros.
Así comienza una novela que trenza dos tiempos: el del Levantamiento de Varsovia, la rebelión más larga y sangrienta contra la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial, y el de una búsqueda de identidad que comienza décadas después, cuando un hijo de exiliados polacos retorna a la ciudad que sus antepasados dejaron atrás. En 2015, mientras las sirenas de bomberos marcan el minuto de silencio en conmemoración de ese primer día de agosto de 1944, el narrador camina por Varsovia con su padre, apodado «El Polaco»: un hombre nacido en Londres, criado en Argentina, que habla polaco como lengua materna pero ya no tiene con quién hablarlo desde que murieron sus padres. Juntos recorren las calles impecables de una capital reconstruida, esos edificios medievales de fachadas de colores que son simulacros de la Varsovia que fue, porque la verdadera fue destruida casa por casa, monumento tras monumento, hasta que de ella no quedó más que veinte millones de metros cúbicos de escombros. Bajo estas piedras reconstruidas persiste la memoria de esa otra Varsovia, la de la resistencia clandestina, la de jóvenes fervientemente patrióticos entrenados en escuelas secretas, lectores de Piedras para la barricada, amantes del swing, herederos de la tradición de la «libertad dorada» polaca. La novela es, entonces, una investigación sobre cómo la historia se sedimenta en el cuerpo de las generaciones, sobre el peso del exilio en las familias de la diáspora, sobre la forma en que un apellido, una lengua, una fecha grabada en el calendario de una ciudad, pueden ser puentes o abismos entre el pasado heroico y el presente incierto.