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La historia de Mateo González Oliván, un prometedor joven cabrero de los años treinta que sucumbe a una profunda melancolía en el pueblo de Abra, situado entre Córdoba y Granada.
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La historia de Mateo González Oliván, un prometedor joven cabrero de los años treinta que sucumbe a una profunda melancolía en el pueblo de Abra, situado entre Córdoba y Granada. Cuando la tristeza lo consume y lo aleja de sus labores, su madre Angélica y su novia Conchita desplegarán toda su ingenio para sanarlo mediante remedios tan variados como sorprendentes: desde los guisos caseros más contundentes hasta aventuras de viaje y los encantos del amor.
En el pequeño pueblo de Abra, situado entre las provincias de Córdoba y Granada, vive Mateo González Oliván, un joven cabrero de veinticinco años. Hijo de Angélica, viuda desde hace quince años tras la muerte de su marido Antonio, Mateo lleva una vida sencilla cuidando del rebaño de ovejas merinas y cabras moteadas que constituyen el patrimonio familiar. En su infancia había demostrado una extraordinaria capacidad para el cálculo y los números, una inteligencia que su padre Antonio se había empeñado en cultivar. Sin embargo, la muerte prematura de este frenó en seco cualquier posibilidad de continuar sus estudios; a los diez años tuvo que abandonar la escuela para contribuir al sustento del hogar.
Cuando la historia comienza, en los años treinta del siglo XX, Mateo sucumbe a una profunda melancolía que transforma radicalmente su existencia. Sin motivo aparente, una desagradable comezón en el pecho se convierte en una tristeza plomiza y cargante que lo consume. Los días pasan y la depresión se intensifica, robándole la energía, el color del rostro y la voluntad de actuar. Mateo se recluye en su camaranchón, descuidando el rebaño, lo que causa gran preocupación tanto a su madre como a su novia, Conchita García, una joven alegre y hermosa que espera poder casarse con él.
Ante esta situación desesperada, Angélica y Conchita recurren a todos los remedios que conocen. Angélica prepara los guisos más contundentes y le teje una nueva pelliza, pero ni los cuidados maternales ni la comida penetran la negra melancolía. Conchita prueba diversos tratamientos: lo anima con palabras sensatas y le recuerda los planes juntos de viajar a Madrid y Sevilla. Luego lo lleva a visitar al Santo Manuel, un curandero que se considera reencarnación de Jesucristo, quien intenta sanarlo con imposiciones de manos y fuego azul. Aunque Mateo encuentra la experiencia divertida, su depresión no cede.
El tercer remedio resulta más efectivo: Conchita convence a Mateo para que realice un viaje como arriero hacia Málaga. Las aventuras lo animan considerablemente, pero el efecto es temporal. Es entonces cuando Conchita recurre a su último y más poderoso remedio: seduce a Mateo permitiéndole ciertos favores íntimos. Esta medicina resulta extraordinariamente efectiva, y Mateo retoma sus labores como pastor. Sin embargo, cuando Conchita pone fin a estos encuentros por temor a condenarse moralmente, Mateo recae en una melancolía aún más profunda, viéndose obligado a encerrarse nuevamente en su cama como un enfermo crónico.