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Tras la caída de Troya, Casandra vive en Aso como prisionera y confidente de Agamenón, en una mansión que sirve de cuartel general para el regreso de los griegos.
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Tras la caída de Troya, Casandra vive en Aso como prisionera y confidente de Agamenón, en una mansión que sirve de cuartel general para el regreso de los griegos. La profetisa maldita, cuyas visiones nadie creía durante la guerra, ahora organiza la posguerra mientras domina su don: controla las visiones devastadoras, oculta verdades terribles y equilibra su amor prohibido con la espera de un mensaje secreto que podría transformarlo todo.
La guerra de Troya ha terminado, pero sus cicatrices persisten en Aso. En La Gruta de las Ninfas —antigua casa de placer convertida en centro de operaciones griego— Casandra, princesa troyana ahora esclava de Agamenón, teje una vida doméstica entre el caos. Ordena patios, abastece almacenes, y presencia cómo se clasifican y cargan los despojos de guerra en las naves que llevarán a los griegos a casa. Su rol es profundamente paradójico: los príncipes aqueos acuden a ella como sacerdotisa de Apolo, buscando certeza en sus profecías, ignorando que Casandra ha aprendido a enmascarar su don maldito. Tras años de trances devastadores que la consumían, ahora controla los síntomas, evita las visiones, calla lo que sabe. Su silencio es tanto salvación como venganza. Ama a Agamenón a pesar de la culpa, aguarda un mensaje que nadie más espera, y observa a vencedores y vencidos anhelar el regreso, sabiendo que ningún sacrificio los librará del destino. En sus reflexiones emerge una mujer profundamente transformada: de sibila perturbada a guardiana de secretos, portadora de un conocimiento que la aísla.