Libros
Un historiador regresa a París en 1940, herido y con falsa identidad. En el barrio antiguo de la Maubert conoce a Cyril, misterioso relojero que desafía el envejecimiento.
Formatos disponibles
Un historiador regresa a París en 1940, herido y con falsa identidad. En el barrio antiguo de la Maubert conoce a Cyril, misterioso relojero que desafía el envejecimiento. Entre la ocupación nazi y los archivos de la ciudad, el narrador reconstruye una leyenda medieval: la de Oswald Biber, quien en 1465 construía relojes que invertían el tiempo. La novela teje testimonio histórico, leyenda urbana y misterio en las calles de un París que se repliega sobre sí mismo.
París, 1940. Un historiador regresa a la ciudad ocupada bajo una identidad falsa, portando papeles de un sacerdote muerto. Herido en combate y buscado como periodista opositor, se refugia en los barrios antiguos. En la calle Maître-Albert, entre cafés clandestinos bajo patrullas nazis, conoce a Cyril, relojero de origen oriental que regenta un taller minúsculo. Más allá del personaje fascinante —que no envejece, que cambia de nombre, que ha enterrado numerosas esposas— acecha una pregunta profunda: ¿quién es realmente?
El narrador accede a archivos para investigar. En 1465, en el mismo emplazamiento, existió Oswald Biber, otro relojero llegado de Oriente, constructor de máquinas preciosas para nobles. Pero Biber poseía un don inquietante: fabricaba relojes cuyas agujas giraban al revés, capaces de invertir la vida de quien llevara su nombre en los engranajes. Sus clientes envejecidos rejuvenecían, revivían sus existencias hacia atrás hasta la infancia y la muerte original.
La novela oscila deliberadamente entre testimonio documentado y fábula legendaria. París bajo ocupación se repliega como barco en peligro, reforzando fronteras interiores entre barrios. El narrador documenta la resistencia cotidiana —cafés secretos, redadas, refugiados— y la vida sensible de la ciudad misma, personificada como entidad femenina que exige conocimiento de siglos. Personajes marginales pueblan estas páginas: Gérard el pintor, Séverin el anarquista, Robert Desnos. La obra se inscribe en la tradición francesa que ficcionaliza documentos históricos, donde Michelet y Balzac encontraban misterio en registros del pasado.