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La historia del joven Bobby Fischer, cuya obsesión por el ajedrez descubierta accidentalmente a los seis años lo transformaría en fenómeno global.
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La historia del joven Bobby Fischer, cuya obsesión por el ajedrez descubierta accidentalmente a los seis años lo transformaría en fenómeno global. Hijo de una enfermera suiza con pasado turbulento y origen familiar envuelto en secretos, Bobby creció en Brooklyn viviendo en la pobreza, dedicándose al ajedrez con una intensidad casi patológica que sus educadores apenas podían comprender. A los doce años, su juego explotó de manera espectacular, catapultándolo hacia una gloria que lo definiría para siempre.
En el Nueva York de mediados de los años cincuenta, un adolescente delgado, de aspecto desaliñado y cabello castaño camina por las calles de Manhattan con sus compañeros ajedrecistas. Se llama Robert James Fischer, aunque pronto el mundo lo conocería como Bobby, el prodigio que revolucionaría el ajedrez mundial.
Bobby nació en Chicago en 1942, hijo de Regina Fischer, una mujer suiza de carácter difícil e inteligencia prodigiosa que hablaba cinco idiomas y había estudiado medicina en la URSS. Su padre aparente era el físico alemán Hans Fischer, pero existe evidencia de que su verdadero progenitor fue Paul Nemenyi, un brillante físico húngaro simpatizante comunista. Este secreto familiar nunca fue revelado públicamente durante su infancia, generando un vacío emocional que marcaría su temperamento.
Creció en un diminuto apartamento de Brooklyn junto a su hermana Joan, en condiciones cercanas a la pobreza. Regina trabajaba constantemente como enfermera, dejando a los hermanos bajo el cuidado parcial de Joan. A los seis años, su hermana le trajo del comercio del edificio una caja de juegos que contenía un tablero de ajedrez con las reglas básicas. Lo que comenzó como un pasatiempo se convirtió en una obsesión casi patológica que ni su madre ni los psiquiatras consultados lograban entender.
Jugaba contra sí mismo horas tras horas, completamente absorbido por los escaques. A los ocho años, Regina desesperada escribió al periódico local buscando otro niño con su misma pasión. El anuncio llevó a Bobby a una sesión de simultáneas donde perdió rápidamente y lloró con amargura. Sin embargo, su talento no pasó desapercibido: Carmine Nigro, presidente del Brooklyn Chess Club, lo invitó a unirse, convirtiéndose en su primer entrenador.
Hasta los doce años, Bobby no destacaba particularmente ni era considerado promesa de su generación. Pero en 1956, su juego explotó. Su progresión se volvió espectacular, superando jugadores con mayor experiencia. A los trece años se convirtió en el campeón juvenil más joven de los Estados Unidos, iniciando una trayectoria que lo llevaría a ser una de las mayores celebridades del planeta.