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Un hombre que experimentó la muerte espiritual años atrás rememora el encuentro que lo transformó. En una cocina de Madrid, mientras descubre los secretos de la pasta italiana, se enamora de una mujer de ojos infinitos.
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Un hombre que experimentó la muerte espiritual años atrás rememora el encuentro que lo transformó. En una cocina de Madrid, mientras descubre los secretos de la pasta italiana, se enamora de una mujer de ojos infinitos. Una historia sobre cómo el amor y la pérdida pueden coexistir, donde el mar de Cádiz y el aroma de la cocina trazan el mapa de una existencia que nunca fue.
Azul infinito es la crónica de Diego, un hombre que asegura haber muerto espiritualmente el 15 de febrero de 1990. Décadas después, a los sesenta años, se propone narrar los sucesos que destruyeron su mundo emocional, aunque su cuerpo aún sigue respirando como una sombra sin sentimientos.
La novela comienza con un reencuentro transformador: Diego y Lucía trabajan juntos en Vendetta, una trattoria italiana de Madrid. Diego es gaditano, arraigado al mar Atlántico que marcó su infancia y juventud con momentos de pura felicidad. Las playas de Cádiz, el horizonte infinito, las olas atlánticas: son los ingredientes de una nostalgia que habita en su pecho.
En la cocina de Vendetta, bajo la enseñanza del napolitano Massimo, Diego se sumerge en los misterios de la cocina italiana auténtica: la multiplicidad de pastas, sus formas peculiares, los rellenos laboriosamente elaborados. Entre aprendizajes culinarios e historias sobre magos napolitanos y secretos milenarios, ocurre lo inevitable: una mirada de Lucía lo detiene por completo.
Los ojos de Lucía son azules, intensos, insondables: como el mar que Diego ama. En un momento de sinceridad desarmante, confiesa la infinitud de esa mirada, cómo lo hizo temblar y quedó atrapado en su azul. Compara sus ojos con las aguas atlánticas de su ciudad, poderosas e insondables. Su amor surge inevitable, casi físicamente, como una marea que no puede contenerse.
Esta novela teje una narrativa donde la felicidad convive con la tragedia, donde aprender a cocinar es metáfora del crecimiento emocional, y donde dos personas descubren que el amor puede persistir incluso cuando el alma ya se ha extinguido.