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En el verano de 1989, en una pequeña ciudad de Quebec, un adolescente se cruza con Hope Randall, una chica singular que acaba de llegar de Nueva Escocia con su madre.
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En el verano de 1989, en una pequeña ciudad de Quebec, un adolescente se cruza con Hope Randall, una chica singular que acaba de llegar de Nueva Escocia con su madre. Lo que empieza como un encuentro casual en las gradas de un estadio se convierte en la puerta de entrada a una familia marcada por obsesión generacional: la certeza del apocalipsis. Los Randall, herederos de un trauma ancestral, cargan cada uno con una Revelación Nocturna que les revela la fecha exacta de su propio fin del mundo. Cuando Ann, la madre de Hope, llega con provisiones acumuladas con obsesiva dedicación, la quietud de la existencia cotidiana comienza a resquebrajarse.
En agosto de 1989, en Rivière-du-Loup, Quebec, un adolescente descubre en las gradas del estadio municipal a Hope Randall, una chica peculiar que lee un método de ruso en casa mientras reflexiona sobre bombas nucleares. Su entrada en materia es tan insólita como cautivadora: la potencia devastadora de las armas modernas, el cálculo exacto de cómo serían vaporizados en milisegundos. Hope acaba de llegar de Yarmouth, Nueva Escocia, con su madre Ann, una mujer marcada por la obsesión apocalíptica que define a toda la familia Randall.
Los Randall son portadores de una peculiar herencia: desde hace siete generaciones, cada miembro experimenta al llegar a la pubertad una Revelación Nocturna, una visión tridimensional del fin del mundo. No es una pesadilla común, sino una experiencia sensorial completa en la que se vive con detalle el apocalipsis: el crepitar del fuego, el olor de la ceniza, el sabor metálico en la boca. Cada Randall recibe una fecha distinta, lo que ha llevado a varios al manicomio. El árbol genealógico de la familia parece un registro de la psiquiatría norteamericana: pirómanos, ermitaños armados, fundadores de sectas.
Ann Randall, madre de Hope, nació en 1954, el mismo día en que Estados Unidos probaba una bomba de hidrógeno. A los catorce años recibió su propia Revelación: el fin del mundo llegaría durante el verano de 1989. Una revelación incompleta, borrosa, que con los años se convirtió en obsesión. Ahora, tras abandonar Nova Escocia, Ann acumula provisiones con dedicación monacal en una antigua tienda de mascotas: arroz, latas, fideos ramen, cientos de bolsas de comida no perecedera. «Moneda de trueque para cuando aterricen los chinos», dice cuando pregunta su hija.
Hope, por el contrario, parece inmune a la locura familiar. Es una chica brillante, políglota en construcción, que aprende ruso y trata el apocalipsis como ejercicio intelectual. Su encuentro con el narrador marca el inicio de una amistad que lo sumergirá en la atmósfera sofocante de los Randall, en una ciudad que espera sin saberlo un verano que promete ser definitivo.