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Un relato que entrelaza testimonios sobre la ascensión y caída de Edward L. Doheny, el magnate petrolero que transformó Los Ángeles en el siglo XX.
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Un relato que entrelaza testimonios sobre la ascensión y caída de Edward L. Doheny, el magnate petrolero que transformó Los Ángeles en el siglo XX. A través de la perspectiva de un joven conductor de tours que experimentó directamente el contraste entre el mito dorado de Hollywood y la realidad sórdida de principios de los setenta, la obra examina cómo la acumulación de riqueza petrolera, las maniobras imperialistas en México, los escándalos políticos y los traumas familiares moldearon la identidad de una ciudad en vertiginosa expansión.
Un análisis envolvente sobre cómo un hombre en particular —Edward L. Doheny— y su legado petrolero definieron Los Ángeles durante el decisivo primer tercio del siglo XX. La obra se abre con el testimonio vivido de Mike Davis, quien de joven conducía autocares de turismo por la ciudad a principios de los años setenta. Davis presenció el choque irreconciliable entre la mitología de Hollywood —el Paraíso soñado que atraía visitantes de todo el país— y la realidad de sus calles: adolescentes fugitivos, prostitutas, usuarios de drogas en los umbrales de la muerte, mientras los turistas, concentrados en las huellas de actores en las aceras, permanecían ciegos a la miseria que pisaban.
Este contraste inaugural sirve como metáfora para la paradoja mayor del Los Ángeles de Doheny: una ciudad construida sobre riqueza extraordinaria cuyo cimiento era el petróleo y cuya élite financiera ocultaba mediante brillantes mansiones la verdadera naturaleza de su poder. Entre 1903 y 1918, Doheny viajó a México más de sesenta veces para asegurar concesiones petroleras. Mediante sobornos sistemáticos a funcionarios mexicanos y alianzas con el presidente Porfirio Díaz, convirtió cientos de miles de hectáreas en un imperio privado con estructura de apartheid. Los Ángeles, entre 1900 y 1930, creció de cien mil a más de un millón de habitantes; Doheny suministró el combustible de esa expansión explosiva, produciendo el veinte por ciento del crudo mundial en los años veinte.
Pero la riqueza financiera no inmunizó a Doheny ni a su familia contra el colapso moral y emocional. Su primera esposa, Carrie —una mujer sensible, cantante, ligada a la comunidad episcopal— se suicidó poco después de que su marido la abandonara y contrajera matrimonio con Estelle Betzold, una telefonista cuya voz lo cautivó. El hijo de Carrie, Ned, quedó marcado por esa tragedia irresoluta. Los años subsiguientes trajeron más escándalos: muertes en circunstancias no aclaradas dentro de la familia, un monumental juicio político que contribuyó a la caída de un presidente, millones en honorarios legales y, finalmente, la ruina personal de Doheny en 1935, quien murió solo y arruinado a pesar de haber sido el hombre más rico de Estados Unidos.