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Cuando la muerte del padre deviene una realidad inevitable, Judd debe regresar a su familia para guardar la Shivá, una tradición judía que el difunto ateo jamás habría esperado.
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Cuando la muerte del padre deviene una realidad inevitable, Judd debe regresar a su familia para guardar la Shivá, una tradición judía que el difunto ateo jamás habría esperado. Simultáneamente, debe enfrentar el naufragio de su matrimonio: su exesposa Jen le anuncia que está embarazada del hombre con quien lo traicionó. En medio del duelo y la humillación, emerge un retrato brutal de una familia incapaz de expresar emoción alguna sino a través de la ironía, la burla y la evasión sistemática de cualquier verdad incómoda.
Judd Fox regresa a su casa después de recibir la noticia de que su padre ha fallecido. Su hermana Wendy, quien comunica la muerte con la característica frialdad de la familia Foxman, le revela un deseo peculiar del difunto: ser honrado con la observancia de la Shivá, la tradición judía de duelo de siete días. La ironía es palpable: el padre nunca creyó en Dios, se burlaba sistemáticamente de cualquier ceremonia religiosa y encarnaba el escepticismo más radical. Sin embargo, para la familia que ha sobrevivido a él —Wendy, su hermano mayor Paul, el desaparecido Phillip y el propio Judd—, la muerte reclama una última deferencia hacia los deseos del hombre que los crió en un ambiente donde expresar emociones genuinas era un pecado mortal.
Mientras se prepara para este retorno familiar, Judd enfrenta una crisis personal profunda. Su matrimonio con Jen, una mujer a la que ama y odia en medida casi equilibrada, se desmorona entre los escombros de la infidelidad: Jen lo dejó por su jefe, Wade. Ahora, cuando Judd intenta construir una vida mínimamente aceptable en el sótano de una casa ajena, Jen lo intercepta para revelar que está embarazada del hijo de Wade. Es un golpe que lo deja sin aire, especialmente porque Jen y Judd habían perdido un bebé años atrás, estrangulado por el cordón umbilical en el nacimiento.
La narrativa se despliega como una exploración del duelo en sus múltiples formas: la muerte del padre como catalizador inevitable, el fin del matrimonio como muerte simbólica de sí mismo, la incompetencia emocional de una familia que solo sabe defenderse con la ironía y el sarcasmo. Los Foxman son expertos en la evasión, maestros en la trivialización de lo trágico, incapaces de confrontar sinceramente ni la pérdida ni el dolor. Cuando el padre estaba enfermo, muriendo lentamente de cáncer de estómago durante meses, la familia no cedió un centímetro en su postura defensiva. Ahora, con su muerte consumada, deberán reunirse para guardar una tradición religiosa en la que ninguno de ellos cree realmente, forzados a un simulacro de duelo que probablemente será tan incómodo y cargado de tensión familiar como todo lo demás.