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En una casa de campo de Oklahoma, Beverly y Violet Weston viven sumidos en sus propias adicciones mientras atienden la llegada de su ama de llaves.
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En una casa de campo de Oklahoma, Beverly y Violet Weston viven sumidos en sus propias adicciones mientras atienden la llegada de su ama de llaves. Cuando la familia se reúne en torno a este hogar carcomido por los secretos y las dependencias, emergen verdades incómodas sobre el amor, la obligación y los lazos que nos atan. Una reflexión penetrante sobre cómo convivimos con nuestras heridas.
Beverly Weston, un hombre de sesenta y nueve años, vive en una desarticulada casa de campo en las afueras de Pawhuska, Oklahoma, con su esposa Violet, quien lucha contra el cáncer de boca y es adicta a los medicamentos. Juntos, sumidos en sus respectivas dependencias —él al alcohol, ella a los opiáceos—, han construido una rutina que evita confrontar la realidad de sus vidas.
Cuando Beverly contrata a Johnna, una joven mujer de ascendencia cheyena, para que se ocupe de la casa y acompañe a Violet en sus tratamientos de quimioterapia, se desencadena una serie de revelaciones que exponen las grietas profundas en la estructura familiar. La llegada de esta forastera a la casa genera tensiones que trascienden lo doméstico.
A medida que la familia se reúne y los secretos salen a la luz, la obra examina la naturaleza compleja del amor familiar: no como sentimiento puro, sino como una avidez primaria, una necesidad de recuperar aquello que se perdió cuando nuestros hijos nacieron. Lo que parece una serena reunión familiar se convierte en un buceo incómodo en las aguas turbias de la disfunción, la culpa y la dependencia mutua.
En esta tragedia contemporánea, la casa se alza como un personaje más: decrépita, hermética, con sus ventanas tapadas y sus rincones cargados de libros y silencio, reflejando el aislamiento moral de quienes la habitan. Una meditación sobre cómo la familia nos forma y deforma.