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Una mujer regresa a Sicilia después de años viviendo en Roma con su marido. Su madre le pide ayuda para reparar la casa familiar que se desmorona, y durante esos días de regreso emergen recuerdos dormidos, la nostalgia por una infancia…
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Una mujer regresa a Sicilia después de años viviendo en Roma con su marido. Su madre le pide ayuda para reparar la casa familiar que se desmorona, y durante esos días de regreso emergen recuerdos dormidos, la nostalgia por una infancia perdida y las grietas de un matrimonio que se ha erosionado lentamente. Entre el polvo de una casa congelada en el tiempo y las aguas del estrecho que la separa de su vida actual, la protagonista debe enfrentarse a quién fue y quién ha llegado a ser.
Una mujer ha construido su vida adulta lejos de Sicilia, en Roma, donde trabaja escribiendo historias para la radio y está casada con Pietro, un hombre que hace una década la acogió cuando huía de su isla. Pero el regreso se hace inevitable cuando su madre la llama: la casa donde vivieron juntas necesita urgentes reparaciones en el tejado, ese espacio que ha sido tanto terraza como frontera entre el interior y la lluvia que nunca dejó de caer sobre sus vidas. La madre, cansada de cargar sola con el peso de la propiedad, le pide que vuelva para que juntas crien los muebles, los libros y los utensilios acumulados, decidiendo qué merece salvarse y qué debe abandonarse.
Lo que comienza como una tarea práctica se convierte en un viaje introspectivo a través del tiempo. La habitación de la infancia permanece congelada, invadida por los objetos y el polvo que guarda décadas de una vida compartida. Cada rincón de la casa habla de lo que fue, de una niña que esperaba que las golondrinas eligieran su balcón cada primavera, de una adolescente que aprendió a mirar la vida desde detrás de las persianas. Entre los cascotes y la humedad de las paredes, la protagonista se enfrenta no solo a sus recuerdos, sino a la erosión silenciosa de su matrimonio, a ese amor que con los años se ha vuelto más ritual que deseo, más silencio que comunicación.
En Roma ha dejado a Pietro, un hombre que supo leer el dolor en sus ojos cuando se conocieron, que le aconsejó escribir en lugar de enseñar, que se convirtió en la roca sobre la que apoyarse después de que su padre desapareciera sin explicaciones cuando ella tenía trece años. Pero después de una década juntos, los cuerpos que alguna vez se devoraban con urgencia ahora apenas se rozan, y el diccionario de la pasión se ha vuelto tan inutilizable como un viejo diccionario. La culpa, ella lo sabe, es suya; fue ella quien se cerró primero, quien no estaba acostumbrada a la apertura que él ofrecía con tanta disponibilidad.
Este regreso a Sicilia es también un regreso a la pregunta de quién se ha sido y quién se ha llegado a ser. La mesinesa que partió hace años hacia la capital se ha transformado en una romana con alergias a la humedad, con la espalda encorvada de bajar autobuses, con la piel quemada por aguas calcáreas. En el estrecho que separa la isla del continente, entre las olas agitadas por el siroco, existe un umbral que la protagonista no ha sabido cruzar del todo. La casa que la espera no es solo un edificio con un tejado agujereado; es el testimonio físico de lo que se ha perdido, de las personas que dejaron de ser, del silencio que se aposenta entre quienes se aman sin palabras.