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Adriana nació sin brazos en 1978, en una época que vinculaba la discapacidad con la desesperación. Este testimonio narra cómo el amor incondicional de sus padres, la determinación y el apoyo médico transformaron una realidad que parecía…
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Adriana nació sin brazos en 1978, en una época que vinculaba la discapacidad con la desesperación. Este testimonio narra cómo el amor incondicional de sus padres, la determinación y el apoyo médico transformaron una realidad que parecía limitante en una vida plena. A través de sus primeras prótesis, la adolescencia turbulenta y el descubrimiento de sus propias capacidades, Adriana revela que el verdadero sentido de la vida no reside en las circunstancias, sino en la decisión de ser feliz.
Nací sin brazos el 25 de abril de 1978, en una época que asociaba la discapacidad con la desesperanza. Mis padres rechazaron esa idea. Durante la adolescencia, me atormentaron las preguntas del «¿por qué yo?» hasta que mi madre, con paciencia y sinceridad, me explicó que lo importante era vivir como cualquier otra niña.
Mis padres tomaron una decisión revolucionaria: criarme exactamente igual que a mi hermana. Sin celebrar mis habilidades como extraordinarias, me asignaban responsabilidades acordes a mi edad. Esta crianza igualitaria fue el cimiento de mi existencia.
A los dos años recibí mis primeras prótesis mecánicas. Las terapias fueron repetitivas, pero descubrí que mis pies tenían una precisión sorprendente. Cuando demostré mis destrezas a los médicos, no podían creer que una niña de tres años pudiera tocar su nuca con el pie.
La adolescencia trajo una crisis existencial. Cuando estrené nuevas prótesis antes de entrar a la universidad, el miedo me consumió. Quería despertar de esa pesadilla. Fue entonces cuando mis padres me dijeron: «Si hubiéramos podido darnos los brazos para ti, lo habríamos hecho. Ahora te toca a ti poner las cosas en la balanza».
En esas palabras descubrí el verdadero significado del amor: no radica en dar lo que sobra, sino en dar lo que es indispensable. Comprendí que mi obligación era ser feliz, que corresponder a ese amor incondicional requería vivir con plenitud. Cada día intento equilibrar vida, medir debilidades y fortalezas, reconociendo que todas las personas —con o sin discapacidad— enfrentan esta búsqueda del balance.
Este libro es la respuesta a quienes preguntan si mi discapacidad me ha deprimido. Es un reflejo de las alegrías y tristezas que todo ser humano experimenta, pero vividas con la conciencia de que importa es cómo elegimos habitarlas.