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Un telegrama de Boston despierta a George Vargas de su aparente vida de estudiante en Barcelona. Agente de la CIA nacido de padres españoles, vive entre dos identidades y dos continentes.
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Un telegrama de Boston despierta a George Vargas de su aparente vida de estudiante en Barcelona. Agente de la CIA nacido de padres españoles, vive entre dos identidades y dos continentes. Con veintiséis años debe activar un protocolo de operación que ha sido ensayado pero nunca puesto en práctica. Su cobertura universitaria y su relación casual con Laura —una joven turbulenta e inquisitiva— son punto de partida para una intriga que toca las heridas no cicatrizadas de la Guerra Civil española.
En la Barcelona de marzo de 1978, George Vargas recibe un telegrama que lo arranca de su vida dual. A través de esta escena inicial—un hombre descalzo leyendo siete palabras mientras su compañera lo observa desde la alcoba—la novela presenta el mundo compartimentado de un agente de la CIA nacido en Boston de padres españoles que se naturalizaron americanos, ahora infiltrado en la península bajo identidad de estudiante.
George existe en permanente dualidad. Su lealtad hacia los Estados Unidos es incuestionable, resultado de su adiestramiento militar y psicológico en la Agencia. Sin embargo, sus raíces mediterráneas—la sangre asturiana y catalana que heredó—lo vinculan a un pasado español trágico que jamás pudo eludir. La novela teje desde sus primeras páginas la presencia fantasmal de la Guerra Civil: su tío Paco murió en Mauthausen, exterminio facilitado por la indiferencia del régimen franquista; sus padres fueron exiliados.
El protocolo operacional que aguarda a George, para el cual ha sido adiestrado en frialdad y autocontrol, representa el punto en que la teoría finalmente encarna en la práctica. Mientras George repasa mentalmente la cuenta atrás que ordena desde el control emocional hasta la conducta del agente perfecto, la novela revela la brecha entre el adiestramiento de laboratorio y la complejidad de operar sobre el terreno real.
Laura, su compañera en Barcelona, encarna la vida civil que George debe abandonar. Estudiante de Psiquiatría, contradictoria y desestabilizadora, representa todo lo que un agente no debería permitirse: intimidad genuina, vulnerabilidad, emociones sin censura. Los personajes que lo esperan—William Stevens, curtido en Latinoamérica, y Pedro, catalán—completan el cuadro de una operación que toca directamente las raíces españolas del agente.